Ruta por el parque natural de Pagoeta y posterior sidrería. 22 de marzo de 2025

El 22 de marzo, y conforme a nuestra ancestral tradición, hicimos una ruta por el País Vasco con el aliciente de terminar en una sidrería.

A las siete de la mañana el autobús recogió a los más madrugadores en Alberite para, quince minutos más tarde, recoger al grueso en Logroño, y encaminarnos hasta las proximidades de la localidad de Aia, en Guipuzcoa, si bien hubo una parada a mitad de camino para recoger una integrante más. Ahora estábamos ya los 48.

Poco antes de las diez de la mañana, tras revisar las mochilas dejando muy a mano el goretex, empezamos a caminar, con un ojo puesto en la senda empedrada que descendía hacia la antigua ferrería y el otro hacia el cielo que amenazaba lluvia.

El inicio fue agradable, una senda salpicada de varias especies diferentes de vegetación con su correspondiente cartelito que nos indicaba su nombre. Hubo quienes fueron buenos alumnos en esta aula didáctica al aire libre mientras que otros prefirieron estar de charla con los compañeros, más aún con el camino cuesta abajo que permitía diálogos fluidos.

Así fue que en menos de media hora nos plantamos en la antigua ferrería Agorregi, un bonito conjunto de edificaciones bien conservadas que aún mantienen elementos que en su día fueron piezas fundamentales: el molino, piedras de moler, etc. y que gracias a la fuerza del agua se fabricaron diverso material.

Una vez reagrupados, con el río y canal desbordante a nuestro lado empezamos a remontar la senda, con algunos tramos de pendiente pronunciada, algo que provocó que los diálogos dejaran de ser fluidos dando paso a silencios cada vez más largos.

Llegamos a la localidad de Aia donde la paz y tranquilidad se truncaron con ruidos y olor a gasolina quemada debido a una carrera que habían organizado en ese lugar. Tuvimos que huir rápidamente en busca de la paz, o al menos, del verde y del sonido de los pájaros.

Y empezó. Las cuatro gotas que cayeron, se convirtieron en cinco y luego en cientos para pasar a ser miles. Todos sabíamos que iba a llover, era cuestión de tiempo. Algunos se agarraron a las previsiones más optimistas del Meteoblue mientras que otros se jactaban de ser fieles a AEMET quien fue más agorero. Y certero.
Tarde o temprano, todos empezamos a cubrirnos con nuestros impermeables y nuestros pies pasaron de pisar tierra a bañarnos en barro, eso sí, poco a poco. Teníamos que estar muy pendientes del suelo pero de vez en cuando parábamos para ver, intuir, el mar que lo teníamos tan cerca. Y tan lejos.

Llegó el momento de la duda. En un reagrupamiento tuvimos que decidir si continuar por el itinerario previsto para ascender a la cima del día o descartarlo para acortar la ruta. No hubo dudas, se optó por atender la llamada de la sidrería.

El grupo comenzó a estirarse demasiado, el descenso con barro y agua hizo que los más intrépidos corrieran y disfrutaran, mientras que los más cautos se esmeraran más. Y hubo algún susto que a la postre no fue nada.

Poco antes de terminar la ruta, la cabeza del grupo compuesta por seis o siete miembros esperaron al resto en un punto algo más bajo del destino y, confesaron, que para hacer tiempo y no quedarse fríos hicieron sesión improvisada de zumba. En fin, unos zumbaos.

La presencia de barro en el culo del pantalón indicaba claramente que su portador había tenido un encuentro con el suelo, pero menos mal que esta vez no aplicamos lo de “una ronda de cerveza quien se caiga” puesto que hubieran hecho falta unos cuantos barriles.

Ya todos reagrupados en la cuneta de la carretera, vino el autobús y nos cambiamos rápidamente para ponernos ropa seca y ávidos de llegar a nuestro destino.

Tras un breve recorrido en bus, nos dejó a pie de la sidrería que, salvo unos pocos que fueron en la furgoneta del restaurante, tuvimos que caminar hasta allí. Menos mal que fueron unos 5 minutos.
Y ya allí, empezamos con la fiesta. Al principio unos tímidos txotx para luego ir exaltando la amistad, siempre con buenas viandas y mejor sidra. Hasta hubo música que nos amenizaron los de un grupo vecino de mesa.

Después de toda la parafernalia, con la típica foto de grupo -esta vez sin nuestra bandera- subimos al autobús para regresar a casa. Eso sí, tampoco faltó la acostumbrada serenata que año tras año nos “ameniza” alguno.

Nos vemos en la próxima