Fin de semana en las Ubiñas. Del 29 al 31 de mayo de 2026

Hay fines de semana que se disfrutan mientras se viven, y otros que, además, permanecen durante mucho tiempo en la memoria. Nuestra salida a Babia y al Macizo de Ubiña fue una de esas experiencias que reúnen todos los ingredientes que hacen grande al montañismo: esfuerzo, compañerismo, paisajes
extraordinarios y, en esta ocasión, uno de esos regalos que la naturaleza concede muy de vez en cuando a quienes caminan por ella con respeto.

Sábado 30 de mayo

La primera jornada tenía un objetivo claro: recorrer ese sector del Macizo de Ubiña que el año pasado quedó pendiente. Desde Torrebarrio iniciamos una espectacular ruta circular de alta montaña que pronto dejó claro su carácter exigente. La ascensión al Pico Prau nos obligó a emplear las manos en varios tramos de roca, preludio de una jornada donde la atención y la concentración serían tan importantes como la fortaleza de las piernas.

Una vez coronozado el Prau, la cresta hacia los Fontanes nos regaló algunos de los momentos más intensos del día. Tras alcanzar la horcada, afrontamos el conocido paso aéreo que protege el acceso a la cima. Son apenas unos metros, pero suficientes para recordar que en la montaña la prudencia siempre
debe caminar de la mano de la ilusión. Superado este tramo, alcanzamos primero el Fontán Norte (2.414 m) y poco después el Fontán Sur (2.417 m), auténticos balcones sobre uno de los paisajes más grandiosos de la Cordillera Cantábrica.

La montaña, sin embargo, siempre tiene la última palabra. El estado de la nieve en la Pasada del Siete y el material que habíamos decidido portar nos aconsejaron modificar el itinerario previsto. Lejos de ser una renuncia, fue una decisión acertada que nos permitió continuar disfrutando de la jornada con seguridad descendiendo hacia el refugio del Meicín. Lo cierto es que el descenso por el Canalón del Buey no resultó tan seguro debido a que nosotros mismos éramos nuestro primer peligro al hacer que cayeran piedras incesantemente.

Ya en el Meicín, y todos a salvo, rodeados de un entorno privilegiado, hicimos una pausa para recuperar fuerzas y brindar por una ruta que ya estaba siendo memorable. Después, la subida al Collado Ronzón entre una densa niebla y el regreso a Torrebarrio completaron una exigente jornada que terminó
acumulando cerca de 19 kilómetros y unos 1.900 metros de desnivel positivo.

El cansancio era evidente, pero también la satisfacción. La recompensa llegó por la noche, compartiendo mesa, conversación y la hospitalidad de Babia. Como colofón, nuestra anfitriona Katerin nos regaló la proyección de su documental Ser Babia, una obra realizada con enorme sensibilidad que nos ayudó a comprender mejor la esencia de estas tierras y de quienes las habitan.


Domingo 31 de mayo

A las ocho y media de la mañana iniciábamos la segunda jornada bajo un cielo completamente despejado. Tras un breve desplazamiento desde Torrebarrio hasta Torrestío, comenzamos a caminar con el propósito inicial de aflojar las piernas después del esfuerzo del día anterior. Lo que ninguno imaginaba era que estábamos a punto de vivir uno de los momentos más extraordinarios que la montaña podía regalarnos.

El valle de Valverde se abría ante nosotros mostrando ya buena parte de las montañas que íbamos a recorrer. Mientras avanzábamos junto al arroyo, disfrutando de la serenidad de la mañana, apareció de pronto la gran sorpresa del fin de semana.

Allí estaba.

Un oso pardo.

Sin buscarlo. Sin esperarlo. Sin alterar el ritmo natural de la montaña.

Su silueta oscura destacaba sobre el verde intenso del valle. Caminaba con absoluta tranquilidad, ajeno a nuestra emoción, deteniéndose de vez en cuando para buscar alimento entre la vegetación. Su porte imponente contrastaba con la calma de sus movimientos. Durante unos minutos que parecieron mucho más largos, contemplamos uno de los mayores privilegios que puede ofrecer la naturaleza: observar a un animal salvaje en libertad, en su propio territorio y desarrollando su vida cotidiana.

La efusividad inicial dio paso pronto al respeto y a la admiración. Ninguna fotografía ni ningún relato podrán transmitir completamente la emoción de aquel instante. Fue uno de esos momentos que justifican madrugones, kilómetros y desniveles; uno de esos recuerdos que acompañarán para siempre a quienes tuvieron la fortuna de vivirlo.

Con el corazón todavía acelerado por la experiencia, continuamos nuestra ruta rodeando el Solarco por el collado Queixeiro y remontando después el precioso valle de la Foz hasta alcanzar el collado Congosto. Los amplios valles de Babia lucían un verde casi imposible, silenciosos y solitarios, transmitiendo esa sensación de inmensidad y paz que caracteriza a estas montañas.

La ascensión al Calabazosa nos llevó hasta una de las mejores atalayas de la zona. Desde la cima, la vista resultaba sencillamente espectacular. Hacia cualquier punto del horizonte aparecían nombres bien conocidos por los amantes de estas montañas: Orniz, Morteras, Montihuero, Albos, Cornón, Morronegro, las Ubiñas...

Desde la cercana Colorada pudimos contemplar además los lagos de Calabazosa y Cerveriz brillando varios cientos de metros más abajo, junto a las pequeñas lagunas temporales que salpican la majada de Calabazosa. Un paisaje de esos que invitan a detenerse una y otra vez para mirar.

El cresteo hacia Cualmarce, mucho más amable de lo que aparenta desde la distancia, puso el punto final a las ascensiones del día. A partir de allí comenzamos el largo descenso, primero en dirección a La Farrapona y después por el valle de Balbarán, donde encontramos el lugar perfecto para comer a la sombra de un refugio en mitad de las praderas.

Desde allí solo quedaba regresar tranquilamente hasta Torrestío, cerrando una jornada magnífica y un fin de semana difícil de olvidar.

Babia volvió a hacer honor a su nombre. Nos regaló paisajes inmensos, montañas soberbias, hospitalidad, amistad y, sobre todo, una vivencia que permanecerá para siempre en nuestra memoria. Porque alcanzar una cumbre es un privilegio, pero contemplar un oso pardo en libertad, cruzándose en nuestro camino de manera tan natural y espontánea, es uno de esos regalos excepcionales que la montaña concede muy pocas veces en la vida.

Y cuando eso sucede, uno comprende que lo verdaderamente importante no siempre está en la cima, sino en todo aquello que la montaña nos permite vivir mientras caminamos hacia ella.